En 1972, los padres de Sandra Herrera viajaron escondidos y enamorados desde Colombia hacia Venezuela buscando un mejor futuro. Se establecieron en Mérida, ciudad donde Sandra creció sintiéndose enteramente venezolana, aunque acompañada por los sabores colombianos que su abuela le preparaba en casa.
Décadas más tarde, en 2020, su hija Sharay haría la ruta inversa al mudarse a Bucaramanga tras graduarse de Artes Visuales. La pandemia la impulsó a reinventarse con un emprendimiento de joyería con flores preservadas. Decidida a no dejar a su madre sola, un año después le pidió a Sandra que cruzara la frontera.
“Nos tenemos la una a la otra y vamos a seguir adelante”
Hoy, madre e hija manejan su negocio en el país del que partieron sus ancestros. Mientras Sandra mantiene intacta su identidad venezolana, Sharay se siente orgullosamente colombo venezolana.
La historia de Sandra y Sharay es un testimonio de resiliencia y amor familiar. El viaje de los abuelos en 1972, el de Sharay en 2020, y la reunión de madre e hija en 2021, dibujan un ciclo migratorio que ha marcado a tres generaciones. El hogar, para ellas, no es un lugar físico, sino la presencia de la una con la otra.
Sentir ese sabor en algunas partes me ha hecho recordar esa infancia que mi abuela siempre llevó en sus manos, esa gastronomía. — Sandra Herrera, vocera de la historia